El molde es rígido, igual para todas.
¡Qué ironía!
Todas no somos iguales.
A unas les está grande y campan a sus anchas; a otras les está a medida... Y a otras, nos aprieta tanto que la fricción nos quema el alma, hasta sentir que morimos en vida.
Salir de ahí es posible. Pero no es fácil.
Te lo digo yo, que estoy diseñada para romper esquemas. Para vivir una vida de observación y creación, creando cuando me visita la inspiración. Sin embargo, he hecho enormes esfuerzos por encajar en esta sociedad que valora lo lógico por encima de lo abstracto y lo lineal por encima de lo cíclico.
Te lo digo yo, que además de cíclica y profunda, soy de mente inquieta: de las que cuestionan y de las que incomodan. Pero he hecho grandes esfuerzos por ser amable, dócil y sonriente para no desentonar en un mundo que premia la felicidad de escaparate por encima de cualquier emoción "desagradable".
Te lo digo yo, cuya identidad es mutante y fluctuante, que cambia al ritmo de las experiencias que voy trascendiendo. Pero he hecho esfuerzos gigantescos por encajar en la norma de tener una etiqueta profesional fija, para complacer a un sistema que valora la hiperespecialización por encima del respeto a una misma.
Por eso sé que es inútil.
Porque al final, la rabia grita cada vez más fuerte.
Una rabia teñida de mares de tristeza al observar a mi "niña buena" queriendo agradar todo el rato. ,
O-presión por cumplir con las expectativas ajenas, con los roles impuestos y con el cuidado de todo lo que me rodea.
¿El resultado?
La cabeza taladrándome y el cuerpo agotado.
¿Y todo para qué? Para encajar. Para no molestar. Para no llamar la atención. Para no dar la nota… discordante. Para desterrar mi mayor anhelo en la vida: la paz de ser yo misma.
Pues qué incómodo.
BASTA. HASTA AQUÍ.
El protagonismo de mi vida no va a venir a ocuparlo nadie más. Ese reino me pertenece. Aunque pasé media vida buscando fuera que me valoraran, me reconocieran y me validaran, he tenido que aprender a hacerlo yo.
Qué bonito es aprender a quererte bien.
Te cuento las principales batallas que he lidiado hasta la fecha:
Mi mente es un motor que NO PARA. Por eso he tenido que aprender a bajar a las sensaciones físicas y al momento presente. Al cuerpo. Mi sistema nervioso es muy sensible al estrés; he tenido que aprender a priorizar, a soltar tareas y a aceptar que no llego a todo. Y qué alivio.
Mi energía y mi deseo también son fluctuantes. Como no los tengo de forma constante, he tenido que aprender a descansar sin culpa. A parar. No para ser más productiva después, sino para restablecer mi salud.
Ufff… ¡Aprender a decir NO y poner límites ha sido mi mayor liberación!
La lista de mis aprendizajes sigue:
A veces tengo fuerza de voluntad y a veces no (y ya no la fuerzo).
A veces estoy de humor para socializar y otras necesito la soledad de mi cueva.
El propósito me obsesionaba, hasta que entendí cómo funcionaba la vida.
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